13 de octubre de 2014

El perfume de la faraona, una lectura de imaginación para lectores más grandecitos


Por Geovani Padilla Hernández

Itzel Rosas, porque no volveré a verte…
porque me extravío al recordarte envuelta en tu aroma de colibrí
  
La novela de la escritora Kyra Galván (México, 1956) comienza con un salto a lo imposible para reencontrarse con lo posible; porque imaginar supone entrar al mundo de reflejos chispeantes que comunican a ese otro lado del espejo, olvidado cuando sacamos cuentas al calendario de nuestros años y ya no es librar la batalla contra el dragón lo más importante que podamos hacer en el día. Acaso liquidar deudas de la tarjeta de crédito o renta del departamento.
Es allí donde comienza la historia, en un departamento de París. ¿Se imagina, estimado lector, tener un paraíso habitado por el sol de una mañana en la capital de Francia que vio nacer el romanticismo con Víctor Hugo y Alfred de Musset? Supongamos que estamos allá, un par de alas y el plan de contingencia, en caso de sufrir vértigo, son suficientes para esta lectura; recuerde que entre menos equipaje lleve, el vuelo se hará más placentero… Sólo déjese llevar por la corriente del viento. 

Nariz comprometida

Françoise es una adolescente[1] de trece años que vive en realidades paralelas. Se ve desde el recuerdo de un cielo azul, jugando a encontrar lo que perdió cuando niña, o al menos eso identifica la <<ensoñación>> que se produce en su interior. Sus padres están divorciados, y hasta aquí se puede decir que el conflicto irá a parar en decidir los días de la semana repartidos para ver a su hija respectivamente, pero está resuelto el aspecto compartido de responsabilidades entre ellos igual que el monetario de la familia.
No es, pues, la vida de los años que vivió Octavio en La confesión de un hijo del siglo de Alfred de Musset (un mundo primerizo de apetitos propios a la alta sociedad) o Jean Valjean en Los miserables de Víctor Hugo (la crueldad a que es sometida su acción: diecinueve años pasa en la cárcel por haber robado una hogaza de pan).
Contemplamos los elementos propios que componen el juego íntimo de un retrato fiel a la verdad que precede historias no menos alejadas a esta época; tal vez poco polvorientas dado el paso de los años. ¿Será que hemos perdido y, a su vez, encontrado objetos que fueron utilizados durante algún suceso histórico?
Una invitación para colaborar en la fabricación del perfume de la reina–faraón Hatshepsut llega a manos de Paul Montpellier, padre de Françoise, conocido como “la mejor nariz” dada su habilidad por separar los ingredientes que componen una sustancia. Empuja a su hija investigar acerca del tema mientras él viaja a Alemania para trabajar con el equipo de investigadores en la Universidad de Bonn, entonces Françoise se ve obligada vivir al cuidado de Yvette, su madre.
Ahora, uno pensaría que padre e hija mantienen comunicación en redes sociales, Facebook o Twitter, pero Françoise comparte el gusto de escribir cartas y recibirlas con un perfume distinto, así como verse envuelta, junto con su amiga Marie Duval, en tierras lejanas, rastreando ese objeto histórico olvidado en los milenios. Ella distingue entre su <<ensoñación>> y la aventura de recrear los pasos que siguen los investigadores, personas serias en la Universidad de Bonn, por lo que Paul Montpellier debe comportarse como adulto cuando está entre ellos.
Sin embargo, un abismo separa el mundo de los niños y el de los adultos (he aquí las realidades paralelas), personas serias, a veces, incapaces de ver lo que una vez fuimos: personajes que hacían de una caja de cartón lo imposible, desde la cápsula del tiempo hasta el espacio dimensional: todo el polvo de estrellas acumulado allí.
Sucede que de igual forma separamos la realidad de la fantasía; tal vez por asumirla una acción ineficaz para los días venideros a la infancia, lo cual incita dejar a un lado la fabricación de ideas carentes de valor y convertirse en adolescente, con el revoltijo de hormonas que se producen en esta etapa[2], hasta llegar a la ocupación de un empleo que lo haga productivo en la sociedad. De ser así, viviendo en una red de interrelaciones, ¿no sería conveniente adaptarse a las condiciones que recibimos de ésta?
Françoise, hija de “la mejor nariz”, conoce el límite entre uno y otro mundo; su lugar está en estudiar, escribir cartas a su padre, respetar las normas de Yvette (incluidas clases de canto durante la estancia de Paul Montpellier en otro país) y vivir aventuras en compañía de su amiga, es decir, tiene por sentado que el comportarse de tal o cual forma parte de la realidad, mientras que la <<ensoñación>> de estar en otros lugares, donde nunca ha estado, es una irresistible incitación para volverse exploradora que encuentra algo más en su proceso de crecimiento. Aquí comienza la unión de fantasía y realidad, lo que creemos, por ignorancia, diferentes entre sí.
<<Ensoñación>>, palabra que utiliza la voz narradora de la historia, es imaginar a partir de elementos constructivos que el cerebro externa como producto final. Lo anterior sugiere que lo extraído de la realidad es materia prima para el impulso generado en nuestro interior; resultado de esta práctica es la necesidad de crear. Ante la inadaptación, presencia a lo largo de lo vivido, tenemos habilidades que se fortalecen por esta condición social. Sería una acción ineficaz vivir en un mundo que nada estuviera por inventarse, dada la falta de un objeto en un suceso histórico.
Dos aspectos resaltan en la novela El perfume de la faraona, partiendo de lo anterior. Paul Montpellier (en este caso es el padre que influye más que la madre en la conducta de su hija)  hace partícipe a Françoise de los recientes descubrimientos que, junto con los investigadores, hacen respecto a las sustancias que componen el perfume. Datos que son revelados acerca del pasado en Egipto, y un punto aún más importante: La reina–faraón Hatshepsut realmente vive en las páginas de libros de historia como la mujer que alcanzó el nombre de gobernador entre los hombres que dirigieron las riendas de una civilización; se vierte en la memoria de Françoise al igual que en los lectores más grandecitos. Antes, su abuela Ahmose–Nefertari  la Gran Esposa del faraón, había ocupado un lugar entre las esferas celestes, junto a Amón Ra, Rey de los Dioses, como sacerdotisa, pero la reina–faraón hizo ponerse falda y barba de faraón para evitar que su hijastro, Tutmosis III, sucediera a Tutmosis II, hermanastro y más adelante esposo de Hatshepsut, dado que Egipto rendía cuentas a una extensión generacional de reyes, no de reinas.
Memoria, la que está en constante activación cuando comenzamos a recibir estímulos desde afuera, pero las vivencias acumuladas es aportación que se emplea, según el psicólogo Lev S. Vygotski (Orasha 1896-Moscú 1934) en la función imaginativa[3]. Los niños que hacen de una caja de cartón <<el descubrimiento>> en algún cuento que sus papás contaron antes de dormir, es un ejemplo de la activación de este mecanismo creador.
Por otro lado, el escalafón de situaciones en función de la imaginación se complejizan de acuerdo a las edades de crecimiento de los niños que, a diferencia nuestra, su experiencia de vivencias es reducido, por lo que no todos los cuentos o novelas dedicadas a ellos sean adecuadas para su lectura[4]. Es por esto que El perfume de la faraona se encuentra en la casilla de “Para niños lectores” en la página de ediciones El naranjo. Dos pasos atrás están “Para los más pequeños” y “Para lectores que empiezan”; un paso adelante está “Para jóvenes lectores”.
Lev S. Vygotski apunta que la relación de fantasía y realidad convergen entre sí para que la capacidad creadora de los niños intervenga en el proceso de maduración[5]. Y los descubrimientos adquieren un panorama mucho más amplio de lo que se cree. Françoise, junto con su amiga Marie Duval, están en el sótano del museo de Louvre, investigando más sobre Egipto, cuando encuentran una vasija de fondo cristalino, objeto histórico que dará el sentido de revés a la historia: el desconcierto que tienen los adultos respecto al grado de seriedad que llevan, muchas veces, los niños en juegos de imaginación. Es obvio que la fantasía reviste lo anterior de un significado más profundo, la idea de viajar a través del tiempo y espacio para recrear los días de Hatshepsut en el siglo XV a. C., cuando la red de interrelación con Amón Ra, Rey de los Dioses, era llevada al misterio de rituales mágicos. ¿La reina–faraón alguna vez tuvo por compañía una pantera?, ¿cuáles juegos jugaba en el Jardín Real?, ¿qué cuentos le contaba su niñera?, son preguntas que responden la lógica de la historia por el hecho de que está en lo posible de su narrativa.

Dos aromas, un perfume

Ahora, la consideración del perfume puede ser llevada al tono de la realidad con la analogía del compromiso de los padres respecto a la hija: Yvette se ha distanciado de ella debido a su trabajo; es actriz y sus constantes giras hicieron que Paul Montpellier conociera más los gustos de Françoise. Por eso no resulta extraño que se tengan temor una de otra. En la novela este nudo gordiano se resuelve con simpleza, pese a que en la realidad, una situación parecida a la vivida entre ambas tenga resolución menos afortunada. 
Por otro lado el abuelo, Xavier Jules, es padre de la madre: posiblemente Yvette se ve respaldada por la figura de sabiduría que interviene como consejero, a modo de respetar el orden de los factores que en este asunto sí importa su seguimiento. Todos los integrantes de la familia están comprometidos a oler el aroma del perfume que suelta la estabilidad de su relación comunicativa; cuando algo falla o uno de ellos falta, en su esencia de vivir en el recuerdo aunque haya muerto, es seguro el vacío que provocará si no es reparada.
El divorcio, en palabras de quienes lo lamentan representa inestabilidad frente a la razón que originó esa fractura matrimonial; también para quienes lo agradecen se presenta factura a lo venidero que son los hijos, cuando se tienen. De lo contrario las negociaciones pierden sentido y todo se arregla a puerta cerrada, en la oficina del abogado. Aparece entonces el largo silencio entre adultos; un sendero largo o ajeno para ofrecer explicaciones a los que comúnmente se cree, miran el paisaje de desasosiego como nosotros. ¡No hay más falsedad que ésta! Ya que el paralelismo de realidad entre adultos está inmediato a la capacidad para regular X valor puesto en consideración enfrente del grado Y que corresponde a encontrar, según nuestra inteligencia emocional, diferentes espacios imaginarios donde realizar “la operación aritmética”. Toda una maraña para resolver una situación, ¿no?
En cambio, los niños son resilientes a latitudes más graves, cruzan océanos con sólo cerrar los ojos; se fatigan a la longitud habitual de uniformidad en los colores... Claro está, depende del proceso de crecimiento por el que estén pasando. Así, el modelo a seguir, en un niño de cinco u ocho años, se encuentra en los cuentos de hadas, tantas veces repelidos por su estructura en apariencia “absurda” porque carecen de una línea concreta de hechos que, en opinión de los adultos, merece una adaptación en la que Caperucita roja no sea devorada por el lobo feroz o que Cenicienta no sufra el desdén de sus hermanastras, sin saber que en ellos se esconde un poder que se trasmina, como agua cristalina, en el inconsciente.
“Son fantasiosos”, decimos en el mejor de los casos; es decir, irreales de acuerdo a la realidad en que vivimos, y se nos hace fácil un final donde el cazador  mate al lobo antes que devore a Caperucita o que las hermanastras sean nobles y el príncipe se enamore irremediablemente de Cenicienta antes que mida la zapatilla, evitando así la estela de sangre… Sin embargo, los cuentos son para niños, cuyo mensaje deberíamos entender como “Déjalo entrar a la fantasía con que están hechos los sueños”, pero también es la actividad imaginativa que impulsa a generar otros mundos, partiendo de éste.
Y del árbol genealógico van cayendo las hojas muertas de los abuelos contando fragmentos de historias que al repetirse en cierta ocasión, producen personajes que en la ficción rescatan los días atrabiliarios de una princesa o un rey.
Ciertamente, estimado lector, necesitemos del cinturón de seguridad frente a los vientos que produce la imaginación; cuando volvamos a poner los pies en tierra otra vez, hemos de preguntarnos lo siguiente: ¿la tierra en qué está puesta con firmeza?

Vygotski, Lev S., La imaginación y el arte en la infancia. Ensayo psicológico. Traducción de David A. Rincón Pérez. 9a edición. México: ediciones Coyoacán, 2011

[1] La adolescencia está considerada entre 12 a17 años según el UNICEF mientras que la OMS considera ésta entre 10 a19 años. Nuestra protagonista ha pasado la infancia, pero esto no quiere decir que El perfume de la faraona carezca de significado para los niños que están pasando a la etapa que manifiesta Françoise.
[2] “Sabemos que la edad intermedia se caracteriza en general por toda una serie de relaciones antitéticas, contradictorias, de momentos polarizados, es precisamente por ello por lo que esa edad se llama edad crítica o transitoria, es la edad en la que se rompe el equilibrio del organismo infantil sin que se haya podido aún encontrar el equilibrio del organismo adulto. La imaginación en este periodo se caracteriza por la superación, el desplome y la búsqueda de un nuevo equilibrio” (Lev S. Vygotski, La imaginación y el arte en la infancia, p.43).
[3] “Aquí encontramos la primera y principal ley a la cual se subordina la función imaginativa, que podría formularse así: la actividad creadora de la imaginación se encuentra en relación directa con la riqueza y la diversidad de la experiencia acumulada por el hombre, porque esta experiencia ofrece el material con el que erige sus edificios la fantasía” (Lev S. Vygotski, op. cit., p.19).
[4] En el teatro es igual de especializado el análisis de las acciones y personajes que conforman el marco técnico-poético, puesto que se puede hablar de todo, pero el <<cómo>> se habla de tal o cual asunto frente al público infantil es factor crucial para calificar una historia de aceptable o no, independientemente que sea un éxito de ventas.
[5] Ibid. p. 15.

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