28 de octubre de 2010

"Razón y afectividad en la mujer", un texto de María Baranda

En el siguiente texto la poeta y autora de Ediciones El Naranjo, María Baranda -Digo de noche un gato y otros poemas, La risa de los cocodrilos, Sol de los amigos, entre otrosreflexiona sobre la relación entre el pensamiento y el sentir en la mujer actual.  



Razón y afectividad en la mujer*

“Bajo los más fríos y claros pensamientos corren los sentires más apasionados” dice la filósofa María Zambrano. Algo decisivo va con ellos. Algo definitivo se mueve. El mundo de la razón y del afecto ha estado muchas veces separado. Y si la vida antes se ordenaba por “El pensamiento del pensamiento” como quería Platón, llegó un punto en donde el definir la existencia tuvo que ver necesariamente con los padecimientos del alma. La esencia se convirtió en identidad, y fuimos, poco a poco, descubriendo la interioridad. Las preguntas se convirtieron en “¿Quién soy?”, ¿A qué he venido?”, “¿Qué hago aquí?” Y es entonces cuando la poesía toma parte de la vida y empiezan los cantos y los conjuros, los rezos y las invocaciones que forman parte de la cosmogonía universal. Así, en el siglo III de nuestra era, en Irlanda surge uno de los primeros poemas de la humanidad:

Soy viento que sopla sobre el mar,
Soy la ola del mar,
Soy el mugir del mar,
Soy el buey de los siete combates,
Soy ave de presa en el farallón,
Soy rayo de sol,
Soy navegante diestro,
Soy jabalí cruel,
Soy lago en la llanura,
Soy palabra de ciencia,
Soy espada que amenaza a un ejército,
Soy dios que pone a arder la cabeza,
Soy el que esparce la luz en las montañas,
Soy el anunciador de los estados de la luna,
Soy el que enseña dónde se pone el sol.

Poema que responde a esas preguntas ontológicas y esenciales que todos alguna vez nos hemos hecho. Pero también con la historia de la humanidad hemos aprendido que hay que desear ser alguien, abierta y sinceramente. Como un grito interior que nos desgarra y nos dice nuestra existencia. De ahí el poder de la razón, del pensamiento que explora y pone en marcha modos de vida, experiencias personales, justificaciones culturales o sociales. La razón es poder. Poder frente al otro. Poder de decir quién soy y a qué o a quién me enfrento. Ya nos lo han dicho la filosofía y la literatura. Porque nuestra anatomía no es destino, como se creía antes. El destino, lo sabemos, lo vamos construyendo fundamentalmente conforme a diversos dictados de carácter socio-cultural.
En la antigüedad, la reconstrucción de la realidad tenía que ver con los mitos. Los mitos como espejos deformantes. Cada mito tiene su propia historia, y es a partir de esa historia que podemos recrear e interpretar las figuras míticas perfilando la riqueza y hondura semántica que tienen. Así, tenemos por ejemplo, el mito de Casandra.
Casandra, en griego, quiere decir “la que enreda a los hombres”. Era la hija mayor de Hécuba y de Príamo, los reyes de Troya. Siendo muy joven fue llevada al templo de los dioses donde Apolo, dios de la luz y del sol, quedó inmediatamente enamorado de ella. Y le dijo que le iba a conceder el don de la profecía, a cambio de entregarse a él. Sin embargo cuando Casandra accede a la adivinación, se niega al amor con el dios, porque descubre que es un don muy importante y que ella prefiere quedarse “pura” como una sacerdotisa debe serlo. Pero el dios Apolo al verse traicionado, la maldice escupiéndole en la boca: y le dice que podrá seguir con el don, pero nadie entonces creerá jamás una palabra suya. Esto es, la confina al silencio, a la mentira o, más aún, a la locura. La experiencia trágica de esta mujer que ve y que denuncia, que habla para poner en alerta a todo su pueblo, pero que queda siempre relegada al silencio, la hace ser un personaje doblemente de marginación y de muerte: como nadie la escucha, entonces ocurren las tragedias: los aqueos invaden Troya. Casandra dice la verdad, pero no convence a nadie. Su poder, que reside en ver más allá, parece no servirle de nada. Todo lo contrario: cuando ella habla, los demás piensan en su locura.
Ahora recordemos a Pandora: A Pandora, mujer bellísima, le es concedida una caja que contiene todos los males del mundo diciéndole que está prohibido abrirla. Pandora, llena de curiosidad, abre la caja y salen de ahí: la Tristeza, la Envidia, la Pobreza, la Enfermedad, la Ira, la Mentira, la Muerte. Pandora, asustada, cierra la caja de golpe dejando dentro la Esperanza, tan necesaria para resistir todos los males que ya habían salido.
Lo extraño es que los griegos consideraran a la Esperanza como un mal. Una explicación posible de esto sería que la Esperanza se contrapone a la Voluntad anulándola y ahogándola en un baño de irrealidad, esto es, al “Me quedo a esperar que todo mejore” sin tomar control de mi vida y de mis actos y sin poder decir “Yo construyo mi propio destino”.
Según Robert Graves, Pandora significa “la que da todo”, y es considerada como la primera mujer, una suerte de Eva bíblica culpable de todos los males de la humanidad.
Para san Agustín, lo más angustioso que hay, es librarse de haber nacido de carne de mujer. Porque para él, la mujer, hija de pecado, madre de pecadores, tiene en su ser pecado y penitencia.
¿Podemos decir que ahora estamos libres de todos estos mitos griegos o cristianos o de cualquier otra tradición? ¿Ha cambiado la ecuación de mujer igual a mal?
La filósofa española Amelia Valcárcel nos dice al respecto: “La mujer es origen del mal, causa del mal, guardiana del mal, transmisora del mal y heredera del mal. Y son los mismos textos que fundan la historia del concepto humano de naturaleza los que identifican a la mujer con el mal. Esto es, la mujer siempre está ligada al poder y poder pareciera que es el mal.”
Más adelante, escribe:
“Eva tiene una mañana libre y condena a toda la humanidad. Semíramis gobierna Babilonia y siembra el crimen. Livia inventa el imperio romano y nos lega el sustantivo de “liviandad”. Las mujeres cristianas que por derecho divino alcanzan el poder, lo exorcizan mediante rezos.”
Otra lectura posible podría ser que sin Eva, jamás hubiéramos “tocado tierra” y nos hubiéramos quedado en el sueño del paraíso eterno, esto es, en “la irrealidad”. Sin Livia, jamás hubiera existido el imperio romano, sin Semíramis no habríamos gobernado Babilonia, sin Isabel la Católica, no habría existido el Descubrimiento de América, y un largo etcétera.
El mal en la mujer ha estado ligado a la sexualidad. Pero es después de la llegada del cristianismo en que la noción de pecado se liga al erotismo. Antes de eso, en El Banquete de Platón o en la Historia de la sexualidad de Foucault, se nos entera que la sexualidad para los griegos era sólo un aspecto más en sus vidas. Con el cristianismo el concepto de mujer es trasformado hacia la redención y, por lo tanto, a la represión. Mujer y sexualidad son concebidas como mediación hacia la servidumbre, y durante muchos años esta función mediadora se articuló desde el lenguaje religioso.
Después de la Segunda Guerra Mundial, viene la revolución sexual. Los hombres parten a la guerra y las mujeres son las encargadas de sustentar la economía de los países y de, por supuesto, llevar sus casas. Se advierten nuevas maneras de vida, la visión telúrica se resquebraja y surgen pequeñas y grandes significaciones en donde los roles se invierten. No surge la confusión sino el abismo. Y una serie de nuevos cuestionamientos alrededor de la mujer: el derecho a votar, a tomar la píldora anticonceptiva, a abortar, a decidir en otros paisajes que quizás subsisten en el inconsciente de varias de ellas pero que aun así se atreven a descubrir y a entablar en diversas realidades como partes de su propia expresión.
Todo esto nos ha mostrado el camino para poder tener un distanciamiento crítico prudente con respecto a nuestra identidad, nuestra imagen y nuestra sexualidad que no han sido creadas por las propias mujeres, pero que deberíamos plantear como un nuevo mundo concebido desde nuestros propios anhelos e inquietudes.
Vale la pena poner en fecha aquellas reivindicaciones de los años sesentas y tratar de entablar nuevos códigos, nuevos idiomas en un mundo distinto.

*María Baranda: Nació en la Ciudad de México, en 1962. Ha publicado varios libros de poesía y los libros para niños: Tulia y la tecla mágica, Silena y la caja de secreto, Ángela en el cielo de Saturno, Un lugar en el mundo, y en Ediciones El Naranjo el libro de poemas Digo de noche un gato, el cuento El abuelo mago y su chango desaparecido, la novela La risa de los cocodrilos y los libros para los lectores más pequeños Ruge, Un abrazo y Arrullo.
Dos de sus libros de poesía se han traducido al francés.
Ha recibido varios premios, apoyos y reconocimientos como el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta, Tampico, Tamaulipas, 1995; Premio Iberoamericano de Poesía Villa de Madrid, España, 1998; Premio de Literatura Infantil y Juvenil Castillo de Lectura, Monterrey, N. L., 2001 y 2004; Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, 2003; Premio El Barco de Vapor de Literatura Infantil, 2003; Premio FILIJ de Cuento para Niños, 2004; Beca de Poesía del Instituto Nacional de Bellas Artes, 1988-1989; Beca para Jóvenes Creadores, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, 1990-1991 y 1995-1996; Beca de Coinversión y Apoyos Culturales, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, 1994-1995; Apoyo del Fideicomiso para la Cultura México/Estados Unidos, CNCA, Bancomer, Fundación Rockefeller, 1997-1998, y del Sistema Nacional de Creadores de Arte, Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, 1999-2002 y 2002-2005.
También ha sido jurado en los principales concursos de poesía y narrativa de México.

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