28 de enero de 2015

Mirar la muerte desde abajo: Carta a El libro de la negación

Publicado originalmente en revistamarabunta.com


Por Áurea Xaydé Esquivel Flores

Dicen que no eres un libro para leer de una sentada, que el propio contenido urge determinadas pausas y regresiones para ser asimilado. Siendo así, tal vez cometí un error, pues te leí en la noche, en silencio, en mi cama a la luz de una lámpara; el acto de lectura fue condicionado por rituales que practico desde niña. Tal vez eso determinó la aplastante forma en que te recibí: conforme iba avanzando, me sentía más pequeña, más vulnerable, más asustada… Hacía tiempo que no lloraba por miedo. No era una exageración decir que eres “la peor historia del mundo”.

Esa vez no te leí como adulta; mi primera reacción no fue la de la indignación o asco o tristeza, sino de ese franco terror y náusea que te llena cuando te sientes impotente.

Pero no te odié.


No te odié porque, detrás de la fachada de relato, manifestaste tu esencia disertativa, tan propia del género que más amo: el ensayo. Las numerosas preguntas y reclamos que hay en tu interior son las que hago y recibo en mi calidad de ser humano con conciencia y voluntad. No te odié porque me aliviaba que dijeras la verdad sobre eso que los grandes condenan “enérgicamente”, pero que les incomoda mucho decir en voz alta, en especial frente a los niños. Se reconoce que las enfermedades y los accidentes son causas comunes de muertes infantiles, pero aún no termina de aceptarse que también, con mayor o menor crueldad, pueden ser asesinados por los adultos.

En lecturas posteriores, más controladas y más preparadas, encontré que las palabras de Dorothy Bloch sobre el lógico miedo de los niños a que los maten resonaron en tu interior: “¿Hay alguien más matable?”. En términos biológicos —allende las categorías morales—, la matanza de crías, propias o ajenas, obedecen al principio más básico de la vida: perpetuarse, no importa cómo. Los que matan cachorros o polluelos de otras especies para alimentar a los propios, los que matan progenie de la misma especie pero de otros individuos porque representan competencia y, por lo tanto, son una amenaza, los que devoran a sus propios jóvenes en tiempos de carestía para sobrevivir y volver a engendrar nuevas crías, las hembras que, por una u otra razón, rechazan a sus recién nacidos y los abandonan… Debido a su tamaño y vulnerabilidad, los más pequeños son víctimas perfectas. Aquí recordé a Urano y a Cronos, tan asustados de ser destronados por la siguiente generación que se convirtieron en tiranos caníbales mientras podían hacerlo, tratando desesperadamente de conservar su propia vida, de mantener inmutable su propio mundo.

Entonces pensé que la razón por la cual los adultos matan bebés o niños es porque, tal vez, muy en el fondo, tienen miedo. Saben que su deber para con la vida es procrear, pero no saben qué hacer después. El miedo es el principio de todas esas muertes; mueve a los victimarios y congela a las víctimas. Pero así, el instinto de matar no sería menos natural que el de nutrir, cuidar y defender, en cuyo caso, todos lo tendríamos, sin importar edades. Dice Sabine Baring-Gould sobre la naturaleza del licántropo, el ser brutal por antonomasia: “Es tan malo negar a la bestia que tenemos dentro como dejarla en completa libertad. Reconocer que existe es el primer paso para empezar a domarla.” Dime, libro, ¿sería eso tan terrible? ¿Sólo lo bello y bueno puede definirnos como seres humanos?

Te pregunto porque recordé otra sensación de mi primera lectura, cuando hablabas de la clase de historia sobre masacres: los Santos Inocentes, la Cruzada de los Niños… Esa necesidad primaria de moverme, de correr, de pelear, de que no me importe nada más que mi propia vida. “No quiero morir, no quiero morir, no quiero morir, no quiero morir…” Escuchaba en mi cabeza, con una voz que era la mía y que no lo era al mismo tiempo.

En ese momento, me quedó claro que, al no decirles que tienen el derecho de defender su vida (y calidad de vida) y al no enseñarles cómo hacerlo, es natural que esperen la salvación por parte de otro adulto, uno que quiera y pueda protegerlos. Pero cuando estos héroes no llegan, es imposible no reclamar con amargura, tal como lo hizo el joven Soujiro Sato con el espadachín Kenshin Himura en medio de su último combate. La familia del muchacho abusó de él hasta los ocho años, pero nadie llegó para salvarlo y por ello, al muchacho le molesta que el otro se haga llamar “protector de los débiles”: “[Si eres un héroe,] si dices que peleas por los débiles, ¿por qué no me protegiste en aquel entonces? Si lo que dices es cierto, ¿por qué nadie me protegió?”. El pequeño Soujiro sólo pudo sobrevivir porque mató a los seis adultos que lo atormentaron con tanto salvajismo.

Es usual que, por ser pequeño y no tener experiencia, un niño sea asesinado con facilidad, pero, con ingenio y la posible ventaja del número, el irrefrenable deseo de no morir puede cambiar los papeles: al estar en peligro, un niño puede matar a un individuo más grande si las circunstancias psíquicas y materiales lo favorecen. Por ese hecho, ¿deja de ser niño, deja de ser puro, deja de ser inocente, deja de ser “humano”, deja de merecer un lugar en una “sociedad civilizada”? Es curioso… al leerte, y considerando las múltiples formas que adopta el abuso, pienso en la enorme hipocresía de quienes condenan más la violencia del que se defiende que la del que ataca.

Es verdad, si los mayores no van a impedir que los niños mueran, al menos deberían tener la decencia de mantener vivo su recuerdo. Dice entre tus páginas al notar que casi no hay registros: “‘¿Dónde estaba la historia cuando los niños eran asesinados?’. […] ‘¡¿Dónde estaba la historia?!’.” Pero supongo que recordarlo implicaría reconocer la propia debilidad de los adultos: su impotencia de refrenar sus instintos más básicos, su impotencia racional ante las posibilidades de sus deseos. Por eso, también les gusta jugar a que los miedos de los niños son absurdos o no tienen importancia. No tanto porque no puedan recordar, sino porque, en realidad, no quieren hacerlo. Les da mucho miedo. No obstante, hay circunstancias que sacan a flote esos recuerdos y los recrudecen porque llenan de impotencia a un cuerpo desarrollado y a una mente experimentada: la violencia de Estado, por ejemplo. Los niños tienen miedo de ser lastimados, de desaparecer, de morir, de ser olvidados… Al ver las noticias todos los días o al ser alcanzados por esa violencia, ¿qué sentimos nosotros?

Con todo y después de tanto dolor, hay esperanza. Se oculta dentro de ti, sin duda, en el acto de hacer visible lo que tantos quisieran mantener oculto. No obstante, yo la encontré al pensar en esos otros textos que te dan forma; uno en especial salió a flote gracias a un error importante cuando hablas de los tormentos míticos —y que al principio me hizo escuchar chirridos de frenos en mi cabeza—: “Yo recuerdo la piedra de Sísifo, pero sobre todo el sufrimiento de Perseo cuando su vientre sanaba durante la noche para que cada mañana los buitres lo desgarraran y comieran sus entrañas. Así sana cada noche el libro de papá y es papá quien cada vez parece más desgarrado.” La atmósfera, tan llena de desesperación e imágenes hipnóticas, se esfumó casi por completo cuando leí el nombre “Perseo” (héroe semidios hijo de Zeus) en lugar de “Prometeo” (titán hijo de Temis) y “buitres” en lugar de “águila”. No es un detalle mínimo, no es algo que sea fácil de ignorar con respecto de la totalidad de tu existencia. Sabía que no sólo el nombre era importante… algo en su historia arrojaba luz sobre tanta oscuridad, pero no sabía muy bien dónde. Caer en la cuenta de ello me hizo querer visitar la tragedia del titán encadenado, la que cuenta Esquilo.

Entonces lo entendí, ¡pero claro! Él fue el único que intercedió por los efímeros, los semejantes a hormigas, los chiquitos: los humanos. Cuando dios padre Zeus pensaba aniquilarlos, el filántropo les concedió el regalo del fuego y con éste, la esperanza, la razón, las artes, la medicina y otros más con los que pudieron valerse por sí mismos. Era, de alguna manera, como esos adultos que buscan proteger a los niños a toda costa. Tal afrenta le valió el castigo de ser encadenado en la región del Cáucaso y la mutilación eterna de su hígado. Prometeo también es un dios, es grande y fuerte, pero al principio también tuvo miedo, como cualquier niño.

Por otro lado, incluso más terrible que su tortura física, lo que más lo hería se relacionaba con el acto de hablar o callar; le dolía hablar de su suerte, pero también le dolía el silencio ante la injusticia. Cuando las oceánides se acercan para llorar su pena, Prometeo les habla, le da forma a su dolor y su voluntad a través de las palabras, cada vez con más fuerza:

Con placer, con placer erré, no me retractaré:
por auxiliar a los mortales yo mismo encontré pesares.
En efecto, no imaginaba, en verdad, para mí tales penas:
ser consumido en estas piedras escarpadas
donde se halla esta desierta y solitaria montaña.
Pero mis recientes pesares no lloren
Antes bien, al suelo bajen y la serpenteante fortuna
escuchen, para que se informen de todo hasta el fin.
Confíen en mí, confíen; sufran
ahora con quien padece tales cosas, pues errante
de un lado a otro el infortunio se posa.


Cuando Océano, el primogénito de Urano, se acerca para preguntarle si no podría evitarse tanto sufrimiento o cuando Hermes, mensajero de Zeus, baja del Olimpo para interrogarlo y lo trata con desprecio, el titán sigue valiéndose de lo único que tiene para defender sus acciones y su futuro: la palabra. Conforme avanza su tragedia, el Prometeo esquíleo muestra que no es un mártir acongojado; es un dios orgulloso, incluso arrogante, que no se retracta y no se deja intimidar; sabe bien que un hombre, mitad dios, mitad humano (esa pequeña raza que salvó), lo va a liberar y que la tiranía de Zeus le traerá su propia ruina. No es fe, es certeza. Todo esto lo dice en voz alta y el propio Cronida se inquieta en su trono. La palabra le da un poder al titán filantrópico que ningún dios le puede arrebatar, incluso en el más aciago de los escenarios.

Por eso el nombre de Prometeo no es un detalle sin importancia, porque representa esa firme convicción que sueles repetir: “No podemos dejar que esta época se vaya sin ponerlo en palabras. Tengo que escribirlo para que a otros les importe… también para que a mí me siga importando… […] Mientras parezca que las palabras sirven para algo…”.

No sólo se trata de proteger a los niños, de hablar sobre protegerlos o de hablar para protegerlos, se trata de ofrecerles directamente la palabra como un arma y hacerlos también actores de sus propias vidas, para que tú, Libro de la negación, no tengas que hablar por ellos. Decirles que pueden y deben defenderse de quien sea, que no son incapaces, reemplazables u olvidables. Que puedan enunciar para sí mismos y para esgrimir la palabra “NO” ante todo el mundo: “No quiero morir. No quiero que me mates. No quiero dejar que me mates. No voy a dejar que me mates”.

Esos niños que sobrevivan, estoy segura, escribirán una historia muy diferente.

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