18 de febrero de 2010

El arte y los niños*

Acercar a los niños a las diferentes manifestaciones artísticas

Cuando como padres nos enfrentamos a la educación de nuestros hijos nos surgen muchas preguntas sobre qué es lo mejor para ellos. Claro que las respuestas que nos damos depende mucho de nuestros intereses y de nuestro entorno, y, por supuesto, de los cánones establecidos.

Es cierto que en la actualidad nadie puede negar la importancia de aprender un segundo idioma, de estar al día en los avances tecnológicos como las computadoras, los videojuegos, etc., o de tener un buen nivel en matemáticas. Sin embargo, en lo que se refiere a otros aspectos como el conocimiento de la historia, el manejo adecuado del lenguaje, el desarrollo artístico, el hábito de la lectura, o incluso el deporte, no siempre se consideran cuestiones primordiales para el éxito profesional.

Vivimos en un mundo en el que se da prioridad a todo aquello que nos reporte un beneficio inmediato y no nos detenemos a pensar que el desarrollo de estas áreas del conocimiento, tarde o temprano no sólo incidirá en un mejor desempeño, sino que además nos proporcionará un gran placer, lo cual repercutirá en que nos sentiremos más felices y, por ende, en que haremos mejor nuestro trabajo. La educación que aboga por un desarrollo integral no está tan mal encaminada.

Atiborramos a los niños de actividades extraacadémicas en aras de un mejor desarrollo, pero nos olvidamos de desarrollar áreas de la vida que quizá en un futuro les ayuden a desempeñarse mejor.

El desarrollo artístico quizá es el más menospreciado, además en muchas ocasiones le imprimimos un halo de formalidad o de exquisitez que lo aleja de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, es importante tener presente que el arte es una ventana que permite a los niños dirigir su atención al mundo que los rodea, a su pasado, a su propia historia y a la historia de la humanidad. Además, el arte promueve la capacidad creativa y ayuda a desarrollar la autoestima, la motivación y la disciplina. Al participar en actividades artísticas los niños aprenden a respetar otras maneras de pensar. El arte es una buena herramienta para resolver problemas y para comunicar los pensamientos, las ideas, y los sentimientos y emociones de diferentes formas. Es un instrumento divertido para desarrollar destrezas mentales importantes para el desempeño escolar. Las artes plásticas, el dibujo, la pintura, el modelado y la escultura, aparte de enseñar sobre colores, formas, texturas y los conceptos de causa y efecto, favorecen la representación de las experiencias, la descarga de emociones, y el desarrollo de las destrezas motoras finas y de coordinación viso-motriz. La expresión artística de los niños cambia según crecen física, mental y emocionalmente. El arte estimula ambos lados del cerebro. Hay estudios que demuestran que los niños que hacen arte leen mejor y
sacan mejores notas en matemáticas y ciencias. Los niños aprenden usando sus sentidos y el arte es ideal en este proceso. También estimula a los niños a prestar más atención al espacio físico que los rodea, y ayuda a desarrollar la coordinación entre los ojos y las manos. En fin, podríamos seguir enumerando cualidades, pero quizá baste con decir que el arte es importante en sí mismo, que es una fuente de placer y que hacer arte y aprender a disfrutar de él es algo que no debemos negarnos y que no podemos negarles a los pequeños.

Ahora bien, así como a andar en bici se aprende cuando te montas en una y experimentas el miedo a caerte y el vértigo de la velocidad, y a leer se aprende leyendo, a hacer arte y a apreciarlo, o si le quieres llamar de otra manera a sentirlo, se aprende haciendo y viendo arte. Además, así como los sabores nuevos pueden parecernos extraños, pero a fuerza de paladearlos llegamos a disfrutarlos, el arte, por extraño o incomprensible que nos parezca, también se degusta poco a poco y entre más lo veamos, observemos o toquemos más placentero nos parecerá.

Así pues, resulta obvio que toda incursión que el niño haga en el terreno de las artes manuales,
en el teatro escolar o en la danza debe ser bienvenida y seguramente ellos asumirán la tarea con sumo disfrute y sin poner ninguna objeción.

Quizá lo más difícil sea lograr que el niño disfrute al ver las manifestaciones artísticas, que aprenda a apreciar el arte. Los libros sobre esta disciplina son una buena herramienta, los hay especiales para niños y muy buenos, pues permiten desarrollar la sensibilidad y fomentar el interés por la creación artística, a través de ellos los pequeños tienen una primera aproximación al arte y se introducen en el mundo de la contemplación de cuadros, esculturas, objetos, espacios arquitectónicos, desarrollando su capacidad de observación, como Ediciones El Naranjo que cuenta con la colección Asómate al Arte. Sin embargo, el camino más efectivo, sin duda, es que el niño vea las obras de arte en vivo, que asista al museo, al teatro, a ver un buen ballet, a escuchar un concierto, etc., pues nada puede suplir la contemplación de la obra original.

Pero ¿cómo lograr que el niño quiera ir con nosotros a los museos, al teatro a los conciertos si estas actividades se les presentan como algo aburrido, si se tienen que concretar a ser simples observadores, si se les niega la posibilidad de interactuar o de jugar?

Para comprender el arte tenemos que abrir nuestra imaginación y nuestros sentidos a lo que quieren expresarnos los demás. Si bien es cierto, que el conocimiento es el punto de partida para el disfrute, y que la información teórica como la época, el contexto, el artista, el tema, el estilo, etc., pueden ayudarnos a entender mejor una obra, en realidad abordar con los niños esos temas, puede resultar aburrido y tedioso. Quizá, entonces, sea necesario darle vuelta a las cosas, abordar de inicio las obras, dejar que ellos las contemplen, ayudarlos a observar, a hacerse preguntas sobre los colores, las texturas, las escenas; llevarlos a reconocer escenas que reflejen su cotidianidad —una madre y un hijo—, o los diferentes sentimientos o emociones —el llanto, la risa, el enojo—, los lugares —una casa, el campo—, los animales —un caballo, un perro—; incitarlos a que identifiquen el movimiento. Motivarlos a decir lo que ven, lo que sienten, si les gusta o no y por qué. Estimularlos para que creen su propia versión, sugieran colores o formas nuevas. En fin, hacer de la visita al museo una actividad lúdica en la que los niños descubran poco a poco las claves de la obra y las disfrute con libertad. Recordemos la creatividad no sólo está plasmada sobre la tela o en el objeto exhibido, sino también en el camino por el cual el observador se acerca a la obra artística.

*Ana María Carbonell, editora de El Naranjo

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