25 de enero de 2010

El peregrinaje de la novela negra

"Las buenas novelas negras tienen eso, te hacen vivir ciudades en las que nunca has estado. Respiras su ambiente como si las conocieras de toda la vida"


Rosa Maura, crítica literaria, publica en el periódico El País una nota sobre la novela negra, recorriendo las ciudades en que autores como Camilleri, Sciascia, Chandler, Donna Leon, Ellroy, Vázquez Montalbán, González Ledesma o Mankell han desarrollado este género literario.

En el Club Sácale Jugo a la Lectura, nos permitimos reproducir aquí la nota publicada pro Rosa Maura:

Peregrinaje negro*

Con Dennis Lehane hemos conocido Boston, una de las ciudades más antiguas de Estados Unidos, capital económica y cultural de Nueva Inglaterra, pero sobre todo hemos aprendido cómo vive y respira el Boston de los italianos, en el North End, el de la colina y el de las marismas, el del río Mystic, el de los irlandeses. Las buenas novelas negras tienen eso, te hacen vivir ciudades en las que nunca has estado. Respiras su ambiente como si las conocieras de toda la vida. Recuerdo un primer viaje a Milán mediados los años setenta. Nada me sorprendió, ya la había visto a través de novelas como Los milaneses matan en sábado o Milán calibre 9, de Giorgio Scerbanenco.

La Italia negra tiene quien le escriba, desde el maestro Leonardo Sciascia hasta Andrea Camilleri, su Sicilia palpita. Camilleri ha creado un mundo propio, Vigàta. El comisario Montalbano vive en Marinella, en la playa donde suele nadar siempre que puede, aunque no los lunes porque los domingueros suelen dejarlo todo perdido. En Vigàta conviven dos familias mafiosas, los Cuffaro y los Sinagra. Nadie puede con ellos y sus negocios. Mejor son las trattorias, donde Montalbano come el pescado más fresco. Más al Norte, la norteamericana Donna Leon ama su Venecia y odia la de los turistas, testigo de cómo se degrada una ciudad, lo que resulta insoportable para el comisario Brunetti.

Pero la tierra de promisión de la novela negra es California. Allí Raymond Chandler hizo nacer a Philip Marlowe en El sueño eterno (1939). Diez años después, Lew Archer, el detective privado de Ross MacDonald, abrió oficina en Sunset Boulevard, en Hollywood (El blanco móvil, 1949). Archer había sido poli en Long Beach, pero fue expulsado del cuerpo por no adaptarse a sus malas prácticas. MacDonald fue quien inventó Santa Teresa, versión literaria de Santa Bárbara, al sur de California. Años después, a principios de los ochenta, empezó a trabajar en Santa Teresa Kingsey Millhone, la investigadora privada de Sue Grafton.

James Ellroy, que se define a sí mismo como el "perro rabioso de la literatura norteamericana", nació en Los Ángeles en 1948. Su Cuarteto de Los Ángeles (La dalia negra, El gran desierto, Los Ángeles confidencial y Jazz blanco) es un contrahomenaje a la ciudad que "no tiene otro código que sobrevivir". Tras ellos llegó Michael Connelly, nacido en Filadelfia en 1956, que eligió Los Ángeles, porque era la tierra literaria de Chandler y MacDonald. Una frase de Chandler le conquistó: "Las calles estaban oscuras con algo más que la noche". Para él, la ciudad es "un lugar de paso. Gente arrastrada por un sueño, gente huyendo de una pesadilla. Doce millones de personas, todas preparadas para salir corriendo si es necesario".

En ese peregrinaje literario es visita obligada Ystad, en Escania (Suecia), donde ha trabajado toda su vida el inspector Wallander, y si prefieren el Mediterráneo hay que recorrer la Barcelona, de la montaña al mar, de Pepe Carvalho o el barrio chino de González Ledesma.

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