10 de junio de 2015

El lenguaje del regreso: Un hada en el umbral de la Tierra


Reseña de Geovani Padilla Hernández del libro Un hada en el umbral de la Tierra, escrito por Daína Chaviano e ilustrado por Rosana Mesa.

A Edson: 
no olvides que somos polvo de sueño

Al parecer hemos olvidado comunicar lo que en realidad necesitamos revelar, como quien encuentra en el recuerdo los días de arrebol y las noches en flor, pero más allá del egoísmo por evitarlo está el temor a la incomprensión vista desde el pensamiento en primera persona: Tomy, un muchacho que poco a poco revelará al lector por qué se inclina a recurrir el lugar que había visitado en sueños antes de encontrarlo en Garnys, planeta que el hombre no ha pisado todavía.


La narradora, Daína Chaviano, completa el paraje con resoluciones oportunas para ofrecer una imagen rodante entre silencios de Niza, la mamá, que procura con eso aliviar la carga emotiva ante su hijo y el juego operante de palabras en éste formuladas en su pensamiento, pues las revelaciones mediante el pensamiento escrito se hacen visibles desde que la historia comienza:

Es el invierno helado, la estación fría de Garnys.

El discurso reiterativo –Chaviano como mediadora de uno y otro pensamiento– funciona a modo de efecto catapulta, primero mamá e hijo, después la narradora intercala oraciones que aclaran la circunstancia del conjunto de apartados en que se divide esta historia, aludiendo en todo momento a que la lectura realice el compromiso de conducirnos al camino de enseñanzas sin el <<deber>> hacerlo didáctico; así pues, considero importante resaltar más la línea que conduce a los personajes de un espacio a otro.

En esta historia se narran los antecedentes que logran hilvanes de acciones presentes; es por ello que la relación triangular referida en el parágrafo anterior compacta los puntos en una sola mira: el descontento con vivir solo de recuerdos que reproduce una y otra vez la resonancia del cerebro. ¡Equivale a ver que todos los días son iguales! Sería un tormento, ¿no?; pues la sensación de ver una secuencia de imágenes hasta aprenderse el avanzar de éstas lograría un aburrimiento como para congelarse a mitad de la nada, pero la historia avanza ante el misterioso actuar de Tomy en una de las cuevas en cuyo interior hallará una experiencia que rompa la inutilidad del recuerdo igual a una forma cotidiana de vivir.

Descontento = Ver que todos los días son iguales

Dos años han pasado esperando material fisionable, especie de combustible con que las naves espaciales funcionan, por lo que Lulio, su papá, partió a explorar las Montañas Plateadas; tres años esperando a que fueran rescatados con alguna otra nave pasajera, entonces se irían de aquel paraje cubierto de nieve, transformando la monotonía en extrañas formas que hacen volver a Niza la añoranza hacia la Tierra, planeta del que provienen, sitiado a unos años luz de aquel remoto, aunque semejante, estado galáctico donde se encuentran.

Tomy recién cumplía cinco años cuando la nave–familiar hizo contacto en Garnys; holografías de su papá mantienen encendido el recuerdo del rostro inconmovible, sólo una secuencia de imágenes lo vuelven de colores entre la nieve; él a punto de morir congelado si no fuera porque Lulio lo halló y, en un impulso, se fundieron con el abrazo invencible. Este recuerdo, las veces que el corazón insista repetir, es diferente a los de Niza, pues mientras esos se reproducen con la finalidad de evadir su realidad, el otro se produce a voluntad de seguir un llamado que va en conjugación al fantástico imaginario del hombre.

Los contrastes toman un giro más vivaz con la aparición de un hada en el umbral de la Tierra, es decir, Garnys, el espacio donde ha crecido Tomy; no es fácil caminar por una página en blanco que es ese planeta repleto de nombres extraños para cualquiera y a la vez imaginar la Tierra como un espacio de manchas negras por las cuales insisten los sueños en pasar. Tomy sabe que existen lugares interesantes allí mediante holofilmes, mismos que el lector podría visitar en su ciudad –museos, calles, parques, etc. –, y para él no son más que láminas de algo que existe pero imposible de alcanzar.

Aquí está una de las diatribas que la lectura puede ofrecer: alcanzamos a imaginar qué ocurre en Garnys; ¿por qué no alimentar de esos espacios fantásticos la Tierra independientemente de su realidad delirante? El lector, jóvenes entre 12 y 15 años que comienzan a formarse un juicio acerca del acontecer en un punto determinado de este planeta, podrán ver en Tomy la trasfiguración de los planetas olvidados a fuerza de crecer con celeridad, traducida en preocupación maternal –otros la identificaran contraria a ésta– mientras que en la línea fronteriza, dividida por edades, aparecen los destellos de belleza interpretada de muchas formas: el hada tal vez sea un destello pese a que Niza esté destrozada por la pérdida de todos los planetas, ni uno ni otro la llevarán a ninguna parte.

El muchacho también oye voces que lloran, preguntan, contestan… son pensamientos de su mamá, quien ha declarado ganada la permanencia de los recuerdos; otras, vienen a mostrarse aliadas a la aventura, pues han logrado una comunicación mediante el pensamiento. Ellos, él y ella, un par de cabezas unidas al mismo cuerpo, se asombran por la repentina aparición de otro mundo interactuando entre sí. De igual manera, Tezza, la voz femenina, y Waqul, la masculina, están de acuerdo con que Tomy es un zizil, es decir, una entidad capaz de convertir la materia inerte en algo vivo. Traducido a nuestro idioma, en la Tierra, ¿cuál sería el correspondiente de zizil?

En torno a los personajes del extraño Garnys, vamos conociendo el aspecto de las tormentas, proclives a la emoción de aquéllos, como el viento que inclina o levanta un sentimiento guardado hasta que la atmósfera modifica esa posibilidad:

Un crujido inmenso ha poblado de ecos la llanura.

Algunos pensamientos, ubicados por el estilo de las letras, pueden deformar la imagen creada con la narración, pero el lector re-creará su propia Base Espacial; puede inclinarse al extraño “despertar” de las piedras que flotan en el interior de una cueva o levantarse con impulso de los aires para ver desde allí las apariciones de una luz intermitente que va hacia la nave, luego hacia las Montañas Plateadas; seguirla con igual rapidez que Peter Pan lo hace aventureramente.

También el lector debe serlo, pues en las páginas de esta novela está oculta una especie que es antecesora a nuestro miedo; muchos la llaman destructora, a lo mejor son adultos quienes pretenden cortarla en sus labores cotidianas; pero los jóvenes la llamarán creadora de mundos extintos, declarados prohibidos cuando la realidad hace escabullir a las hadas con un soplo. A lo mejor en eso consiste crecer, vamos perdiendo la intuición de volar en tanto que los pies echan raíces en el pavimento y una cinta de edificios sin color se repite una y otra vez; pero algo es verdadero, los sueños vuelven, siempre vuelven, sólo es necesario el espíritu de Peter Pan anunciando la vuelta del hada: eso es lo que hace un zizil en Garnys; un lector como tú, creativo en este planeta, un planeta que necesita revalorarse con imaginación.

Ese miedo que sentimos en la Tierra es igual al que experimenta Tomy, pues ellos, los seres que hablan telepáticamente con él, advierten una amenaza acercarse. ¿Qué es aquello? Tomy no espera que desde la Tierra pueda haber señal alguna capaz de recapitular los extraños avistamientos diarios, semanales, mensuales… el “despertar” también lo ha percibido él, quien pone a prueba las habilidades adquiridas al reparar el transmisor que envía señales a cualquier estación –Liliput– para rescatarlos de allí. ¿Quiénes están interesados en llegar a la nave–familiar antes que abandonen Garnys?

Aquí comienza la intriga. Los horizontes perdidos se recuperan un instante, pero vuelve la ventisca a cerrar las ilusiones ganadas, ella, nieve arremolinada, les recuerda que sólo el padre había muerto porque olvidaron cuál es el leguaje del regreso.

Daína Chaviano (La Habana, Cuba) entrega una historia, incluida de forma arbitraria en Historias de hadas para adultos (1986), cuyo centro temático evoca a la figura, muchas veces relegada al estereotipo de frialdad, que sólo “despierta” respeto en la familia por ofrecer manutención de lo que se necesite, para darnos la perspectiva natural del hombre que se fusiona con un estado sentimental imbuido en la prosa de Un hada en el umbral de la tierra.

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