19 de enero de 2010

Leer en la adolescencia

El camino más importante para generar un país de lectores es, sin duda alguna, la motivación de la lectura en los niños y en los adolescentes. Más allá del miedo con que los han acostumbrado a ver los libros, fomentarles la lectura por placer. 
Los niños mantienen aún muy abierto su mundo de imaginación, por lo que un impulso para acercarlos a los libros, muchas veces es suficiente para sembrar en ellos el hábito de leer que los alimentará el resto de su vida. 
Sin embargo en la adolescencia, esa época difícil por la que todos hemos y debemos pasar, donde el joven comienza a tener nuevas vivencias, resulta más complicado acercarlos a los libros. Las lecturas necesitan ser de su gusto y adecuadas para que puedan sentirse identificados. Un libro que los atrape.
Es precisamente sobre este tema que habla el siguiente artículo publicado en el sitio "El placer de leer con los niños", tomado a su vez de la siguiente fuente: Lluch Gemma, “Leer en la adolescencia” En: Nuevas Hojas de lectura, No. 6, octubre 2004.


Leer en la adolescencia

La adolescencia es época de amigos, de risas, de música en las orejas, de juegos en los recreativos, de salidas nocturnas. Pero también lo es de grandes sentimientos, de dudas, de amores y desengaños, de probaturas e inicios. En una época como esta, la lectura aleja al adolescente de la cuadrilla, de la calle, del exterior le obliga a estar consigo mismo, en silencio, recogido entre las hojas de papel, en la historia que le cuenta.

A veces algunos chicos chicas buscan esos momentos de soledad y se acercan a nuestros libros o a los mismos libros que nosotros leíamos. Entramos en su habitación y entre las sábanas de la noche encontramos perdido un título que reconocemos. De pronto, recordamos las pasiones humanas que pueblan sus lecturas: desde la venganza del conde de Montecristi al amor que atraviesa siglos de Drácula o a la locura de un capitán en busca de una ballena. Incluso puede ser que al lado de la cama hayan olvidado las 20 poemas de amor y una canción desesperada, libros de poesía eterna donde encuentran los sentimientos que no logran atrapar en el discman.

La maoría de las veces cuesta convencerlos, atraparlos, centrarlos para rellenar unos pocos momentos de la quietud que provoca un libro. Sabemos que entre sus páginas podrán encontrar la experiencia, las preguntas o las respuestas, el sentimiento que necesitan para entender la vida que transitan.

Tal vez son lectores que necesitan protagonistas jóvenes para sentirse identificados, porque viven pasiones aventuras parecidas a las suyas o, al menos, a aquellas que sueñan vivir.

Estos libros pensados para ellos les proponen respuestas a los problemas de los amigos, les ayudan a saber cómo se vive una mala experiencia que a menudo acecha demasiado cerca. La protagonista que emprende un triste viaje en Melanie: historia de una anoréxica (Dorothy Jone Harris, editorial Norma) o personajes similares que podrían ser ellos mismos o algunos amigos cercanos que de pronto se obsesionan con un cuerpo que quieren perfecto.

Las páginas de estos libros se acercan a su mundo, a su manera de hablar y de pensar, les proponen situaciones que necesitan entender o al menos conocer más a fondo. Sólo a través de sus páginas podrán acercarse a la mente de un personaje rodeado de violencia como en El chico que fue hombre (Patxi Zubizarreta, Editorial Anaya) y que sólo el amor rescata, aunque sea un amor más allá de la muerte. O identificarse con una historia casi bíblica e un largo recorrido donde el bien debe triunfar sobre el mal como el que recorre el más famoso Hobbit de Tolkien.

Muchos padres hablan de la dificultad de entablar un diálogo con los hijos, sobre todo durante la adolescencia. Muchos de estos libros valoran esta comunicación, la subrayan la presentan incluso como natural. Estos libros plantean unos mundos donde es posible sentarse en el sofá y compartir confidencias con los hijos adolescentes. El autor de Noche de voraces sombras (Agustín González Paz, Editora SM) narra una historia donde la madre de Sara le ayuda a esta recuperar una historia familiar que un silencio compartido arrebató del recuerdo. Juntas reconstruyen a una red de olvidos tejidos por obligados silencios que les ayuda a reconstruirse como personas y como familia. Un comienzo para reencontrarse más allá de la edad y más allá de la relación entre madre e hija.

A menudo nuestra mirada adulta nos puede llevar a ningunear las experiencias adolescentes porque las reconocemos como demasiado vistas y olvidamos que para ellos son recientes, nuevas y extrañas. Como adultos una visita a las páginas que ellos devoran nos ayudará a ver de manera diferente experiencias que a menudo se han convertido en olvidadas, que la cotidianidad nos ha hecho olvidar pero que para ellos son la frontera entre la vida y al muerte, entre el desasosiego y la dicha.

Tal vez la aventura de Xavier les ayude a entender la pérdida de un ser amando porque el protagonista de Mi mano en la tuya (Mariasun Landa, Alfaguara) es incapaz de aceptar que su madre rehaga su vida. Esta realidad no demasiado extraña para un adulto, se transforma para el protagonista en algo nuevo y angustioso y, a través de él, también para el lector. Pero la autora propone un camino interior, una reflexión íntima lejos de ruidos luces, de alcoholes y vahos, que le conducirá al descubrimiento de sus miedos, a la aceptación de la impotencia ante la pérdida, ante la muerte. Y, al final, a la solución, o a la aceptación del conflicto.

Acompañar a Xavier a superar sus temores y sus miedos se puede transformar en una experiencia compartida con el amigo, aunque en este caso el amigo sea de papel.

Entender otras formas de vivir, de amar o de sufrir les educa, les enseña a ser más tolerantes. Así la lectura juvenil propone múltiples aventuras por mundos más o menos exóticos poblados de adolescentes que aman, sufren, viven y estudian de manera similar a los nuestros. Por ejemplo, la escritora Batya Gur nos permite entrar en la casa de un niño de Israel. Conocer su mundo, sus escuelas, sus temores puede ser una aventura con Espiando a un amigo (Editorial Siruela) que nos permitirá hacer cercanos a los habitantes de otros mundos. A veces descubrirán una realidad próxima y sabrán que adolescentes de otros mundos pueden sentir como sienten ellos.

Pero otras, descubrirán una realidad lejana, incluso distinta a la que han visto en la televisión. Aún en estos casos podrán reconocerse en la voz del protagonista. Podran compartir las preocupaciones de un niño judío que vive en Israel, Shabi, y hsta podrán hacer suyas sus palabras: “Cuando los adultos, los profesores o los padres te sientan y te dicen: ¿Por qué no me cuentas lo que ha pasado?, lo mejor es callar. Si tú callas y les dejas preguntar y esperas con paciencia, ellos hablarán podrás entender qué es lo que quieren de ti”. ¿O no recuerdan ustedes un sentimiento parecido que se esconde en el fondo de nuestros recuerdos?

Las páginas de esta literatura llamada juvenil les acerca al mundo, al complejo escenario del siglo XXI del que forman parte, contándoles historias concretas que pueden mostrarles los nombres y apellidos de las historias contadas por las periodistas en las noticias de la televisión. Pero también les aproxima a su interior, al complejo mundo que les tocó vivir, donde todo parece posible y a la vez todo es lejano. Donde abunda la comida y enferman por no comer, donde la tentación de la droga o la violencia se asoma en demasiadas esquinas pero donde los sentimientos de solidaridad y amor, entendimiento y respeto les enseñan a crecer libres. Como Shabi, el protagonista de Espiando a un amigo, a veces se defienden de los padres y de los profesores desde el silencio. Tal vez, la lectura compartida de un libro pueda abrirnos esos puentes de diálogo que en estas edades se cierra a cal y canto.

Pero los libros también proporcionan diversión, digamos, intelectual. Descubrir cómo el lenguaje puede divertir puede ser el camino de inicio a la literatura. Y pueden probar a hacerlo alimentando la inteligencia con Hasta (casi) 100 bichos (Daniel Desquens, editorial Anaya), un bestiario con referencias populares (“La versión cinematográfica del murciélago es el Vampiro”) donde le humor inteligente es la estrella (“Esto significa que si alguna cadena de televisión consigue filmar este carnívoro vivérrido tiene la obligación de pasar las imágenes en horas de máxima audiencia. Entre las 3 y las 4 de la madrugada, y por el UHF”).

O pueden probar este camino con los cuentos Cuando el mundo era joven de Jûrg Schubiger (Anaya) donde se juega con el absurdo, la tradición y las palabras. Atreverse a descubrir sus páginas es encontrar la diversión en uno mismo, en la posesión más antigua del ser humano: la palabra.

¿Es literatura juvenil? Ellos eligen sus libros y, como nosotros, cada momento, cada lector necesita un libro diferente. En ocasiones, necesitan historias donde se identifiquen con los protagonistas, donde vivan, sientan, hablen o actúen de manera parecida a ellos. En otras, incluso compartirán nuestras lecturas. Pero siempre, leyendo, viviendo, esos libros elegidos acaban entendiéndose, descubriéndose, encontrando respuestas o, simplemente, sabiendo cómo hacer una nueva pregunta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario